Miércoles, 18 de Noviembre de 2009

18 11 2009

El día anterior cometí un error y tengo que rectificarlo. Como vengo diciendo desde el principio, somos imagen y semejanza de Dios; lógicamente, entonces, el diablo no habita en nosostros. Lo dije y rectifico. Pero sí hay una cosa clara: que nos acecha constantemente intentando entrar en nosotros, echar a Dios de nosotros. Y eso es lo que tenemos que combatir.

Pero somos humanos y podemos caer en la tentación, y caeremos muchas veces, de dejar que el demonio nos invada y sea él el que manipule nuestras vidas. No pasa nada, siempre podremos rectificar. Para eso está el sacramento del perdón. Dios siempre perdona y espera ansioso nuestra vuelta a Él.

En la parábola del hijo pródigo ( o del padre bueno) lo podemos ver. En esta parábola, Jesús, nos explica como es el perdón de Dios (Lucas 15, 11-32). Cuando el hijo, arrepentido de lo que había hecho, piensa en volver a casa de su padre y pedirle perdón, este ya lo está esperando con los brazos abiertos dispuesto a perdonarle y hacer una fiesta por ello. ¿Quien no ha experimentado esto alguna vez? Como he dicho, somos humanos y erramos.  Alguna vez en nuestra vida habremos decepcionado a alguien de nuestro entorno ( padres, hermanos, amigos o conocidos) y estos, si nos quieren de verdad, nos han perdonado. Es posible que nuestra vida haya tomado un rumbo que no era el adecuado alejándonos así de ellos, pero nos hemos dado cuenta y hemos vuelto.

Nos van a perdonar, lo aseguro. Sin condiciones, sin preguntas.

Jesús tambien nos propone esta parábola en Mateo 18, 21-35:

21 Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?»
22 Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»
23 «Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.
24 Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos.
25 Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase.
26 Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: “Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.”
27 Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda.
28 Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: “Paga lo que debes.”
29 Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: “Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.”
30 Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía.
31 Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido.
32 Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste.
33 ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?”
34 Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía.
35 Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.»
Perdonar para ser perdonados.
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